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En el alba, se murmuró que tú y yo habíamos de embarcarnos solos,
y que nadie en el mundo sabría nada de nuestro viaje sin fin y sin objeto.
Por un mar sin orillas, ante tu callada sonrisa arrobada, mis canciones henchirían sus melodías, libres como las olas,
libres de la esclavitud de las palabras.
¿No es la hora todavía? ¿Aún hay algo que hacer? Mira, el anochecer cae sobre la playa, y en la luz que se apaga,
los pájaros del mar vuelven a sus nidos.
¿Cuándo se soltarán las amarras, y la barca, como el último vislumbre del poniente, se desvanecerá en la noche?

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El héroe

El héroe

Madre, figúrate que vamos de viaje, que atravesamos un país extraño y peligroso.

Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.

El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.

El miedo se apodera de ti y piensas: ?¿Dónde estamos?’

Pero yo te digo: ?No temas, madre?.

La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.

Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.

La oscuridad crece, el campo y el cielo se borran y ya no podemos distinguir nuestro camino.

De pronto, me llamas y me dices al oído: ?¿Qué es aquella luz, allí, junto a la orilla?? Se oye entonces un terrible alarido y las sombras se acercan corriendo hacia nosotros.

Tú te acurrucas en tu palanquín e invocas a los dioses.

Los portadores, temblando de espanto, se esconden en las zarzas.

Pero yo te grito: ?¡No tengas miedo, madre, que yo estoy aquí!? Armados con largos bastones, los cabellos al viento, los bandidos se acercan.

Yo les advierto: ?¡Deténganse, malvados! ¡Un paso más y son muertos!?

Sus alaridos arrecian y se lanzan sobre nosotros.

Tú coges mis manos y me dices: ?¡Hijo mío, te lo suplico, escapa de ellos!?

Y yo contesto: ?Madre, vas a ver lo que hago?.

Entonces espoleo a mi caballo y lo lanzo al galope. Mi espada y mi escudo entrechocan ruidosamente.

La lucha es tan terrible, madre, que morirías de terror si pudieras verla desde tu palanquín.

Muchos huyen, muchos más son despedazados.

Tú, inmóvil y sola, piensas sin duda: ?Mi hijo habrá muerto ya?.

Pero yo llego, bañado en sangre, y te digo: ?Madre, la lucha ha terminado?.

Tú desciendes del palanquín, me besas, y estrechándome contra tu corazón me dices: ?¿Qué habría sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado??

Cada día suceden mil cosas inútiles. ¿Por qué no ha de ser posible que ocurra una aventura semejante? Sería como un cuento de los libros.

Mi hermano diría: ?¿Es posible? ¡Siempre lo tuve por tan poca cosa!?

Y la gente del pueblo proclamaría: ?¡Qué suerte la de la madre al tener a su hijo a su lado!?

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Nada te pedí; ni siquiera te dije mi nombre al oído. Y cuando te despediste, me quedé silenciosa.
Yo estaba sola junto al pozo, donde caía la sombra oblicua del árbol. Las mujeres se volvían a sus casas
con sus cántaros morenos de barro rebosantes, y me gritaron: “¡Ven, que va a ser mediodía!”.
Pero yo me retardaba lánguidamente, perdida en vagos pensamientos.
No oí tus pasos cuando venías. Cuando me miraste, tenías tristes los ojos; y con qué fatigada voz me dijiste bajo:
“¡Ay, qué sed tiene el pobre caminante!”. Desperté sobresaltada de mis ensueños y eché agua de mi cántaro en tus palmas juntas…
Las hojas se rozaban sobre nuestras cabezas, el cuclillo cantaba desde la sombra invisible, y de la revuelta del camino
venía el perfume de las flores.
Cuando me preguntaste mi nombre, ¡me dio una vergüenza! Verdaderamente, ¿qué había hecho yo para merecer tu recuerdo?
Pero el recordar que yo pudiera quitarte tu sed con mi agua, se me ha quedado en el corazón,
y lo envolverá para siempre de su dulzura.
Ya pasó la mañana, el pájaro canta monótono, las hojas del árbol murmuran allá arriba. Y yo, sentada, pienso, pienso…

Leyendo a Tagore

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Un pequeño fragmento de la obra de Rabindranath Tagore “Ofrenda Lírica”, que hemos leído de forma totalmente improvisada, de la mejor manera posible, compartiendo los sentimientos del autor, tan conocido mundialmente. Es una pequeña pieza lírica sobre un amor imposible, descrito con la serena belleza propia de la poesía hindú.

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“Prisionero, ¿quién te encadenó?”.
“Mi Señor”, dijo el prisionero. “Yo creí asombrar al mundo con mi poder y mi riqueza, y amontoné en mis cofres
dinero que era de mi Rey. Cuando me venció el sueño, me eché sobre el lecho de mi Señor.
Y al despertar, me encontré preso en mi propio tesoro.”
“Prisionero, ¿quién forjó esta cadena inseparable?”
Dijo el prisionero: “Yo mismo la forjé cuidadosamente. Pensé cautivar al mundo con mi poder invencible;
que me dejara en no turbada libertad. Y trabajé, día y noche, en mi cadena, con fuego enorme y duro golpe.
Cuando terminé el último eslabón, vi que ella me tenía agarrado.”

La otra orilla 

¡Ah, cómo me gustaría ir allá, a la otra orilla del río, donde hay la fila de barcas amarradas a las estacas de bambú! Allí los campesinos cruzan el río en sus barcas, y van a trabajar en lejanos campos con el pequeño arado al hombro.

Allí los pastores hacen pasar a nado a sus rebaños mugientes, para conducirlos a los pastos ribereños.

Desde allí vuelven al anochecer a sus casas, y la pequeña isla cubierta de hierbajos queda en poder de los chacales aulladores.

Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.

Dicen que tras las alturas de la orilla hay maravillosas lagunas.

En ellas, las bandadas de patos silvestres se reúnen después de la estación de las lluvias, crecen apretadamente los juncos y los pájaros acuáticos depositan sus huevos.

Allí, las alzacolas dejan la huella de sus patitas en el barro suave y limpio.

Allí, las hierbas altas invitan a los rayos de luna a que se dejen mecer en la ondulante almohada de sus flores blancas…

Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.

Pasaré sin cesar de una a otra orilla, y los muchachos y las muchachas de la aldea, cuando se bañen, me mirarán pasar maravillados.

Cuando el sol corone el cielo, cuando tras la mañana llegue el mediodía, correré hacia ti gritando:

-¡Madre, tengo hambre!

Cuando el día desfallezca y las sombras se oculten bajo los árboles, volveré a casa con el crepúsculo.

Nunca te abandonaré para ir a trabajar a la ciudad como mi padre.

Si te parece bien, madre, cuando sea mayor quisiera ser el barquero.

Las Flores De La Primavera Salen

Las flores de la primavera salen,
como el apasionado dolor del amor no dicho;
y con su aliento, vuelve el recuerdo de mis canciones antiguas.
Mi corazón, de improviso, se ha vestido de hojas verdes de deseo.
No vino mi amor, pero su contacto está en mi cuerpo
y su voz me llega a través de los campos fragantes.
Su mirar está en la triste profundidad del cielo, pero
¿dónde están sus ojos? Sus besos zigzaguean por el aire,
pero sus labios, ¿dónde están?

Gitanjali (oraciones líricas)

Permite, Padre, que mi patria se despierte en ese cielo donde nada teme el alma, y se lleva erguida la cabeza;
donde el saber es libre; donde no está roto el mundo en pedazos por las paredes caseras;
donde la palabra surte de las honduras de la verdad; donde el luchar infatigable tiende sus brazos a la perfección;
donde la clara fuente de la razón no se ha perdido en el triste arenal desierto de la yerta costumbre;
donde el entendimiento va contigo a acciones e ideales ascendentes…
¡Permite, Padre mío, que mi patria se despierte en ese cielo de libertad!

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Me invitaste al festival de este mundo
y mi vida ha sido realmente dichosa.
Mis ojos han admirado la belleza de tu creación.
Mis oídos han escuchado
las melodías del universo.
Me diste una tarea en la fiesta:
tocar mi flauta haciéndola sonar
en las alegrías y en las tristezas
de los hombres.
Y ahora… yo te pregunto, Señor:
¿ha llegado por fin el momento
de entrar en tu mansión,
ver tu rostro y ofrecerte
mi salutación silenciosa?

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Pensé pedirte la guirnalda de rosas de tu cuello, pero no me atreví. Y esperé la mañana, y cuando te fuiste,
tomé algunos pedacitos de flores de tu lecho. Y como una mendiga, buscaba por la aurora alguna hojita perdida.
¡Ay!, ¿y qué he encontrado?, ¿qué me queda de tu amor? ¡Ni flor, ni especias, ni frasco de perfume, sino tu espada terrible, destellante como una llama, pesada como el rayo!
La luz nueva de la mañana entra por la ventana y se tiende en tu lecho. El pájaro primero me pregunta piando:
“¿Qué encontraste, mujer?” ¡No, no es flor, ni especias, ni redoma de perfume, sino tu espada terrible!
Me siento a meditar, maravillada, en esta dádiva tuya. No sé dónde esconderla. Me da vergüenza ponérmela, tan débil como soy. Me duele cuando la aprieto contra mi pecho. Sin embargo, llevaré esta dádiva tuya, esta carga de dolor, en mi corazón.
Nada temeré en el mundo ya, y tú serás victorioso en todas mis luchas. Tú me has dado por compañera a la muerte,
y yo la coronaré con mi vida. ¡Aquí tengo tu espada para cortar mis ataduras! ¡Nada temeré ya en el mundo!
¡Lejos de mí, desde hoy, los adornos vanos! ¡Señor de mi corazón, ya no lloraré, ni desesperaré más por los rincones;
ya no seré nunca más tímida ni mimosa! ¡Me has dado, para adornarme, tu espada! ¡Lejos de mí, los adornos de muñeca!

Libros

Que mi cuerpo entero
se prosterne a tus pies
en este mundo mortal
para venerarte a ti, Señor.

Al igual que las nubes de julio,
preñadas de lluvia,
caen rendidas por su peso de agua
así mi mente y espíritu
se inclinen por completo
ante tus divinas puertas
para venerarte a ti, Señor.

Que todos mis poemas y cantares, Señor,
engarcen en una sus diversas melodías
y confluyan en el océano del silencio
para venerarte a ti, Señor.

Como los ánades salvajes
vuelan sin descanso día y noche,
peregrinos al Lago Sagrado3
en medio de las montañas,
así mi vida entera alce el vuelo
a la mansión eterna
para venerarte a ti, Señor.

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Cuando me marche de este mundo,
que mis últimas palabras sean:
¡Todo lo visto ha sido insuperable!
He gustado la miel oculta
de esta flor de loto abierta
en un océano de luz
y con ello he sido dichoso.
¡Que estas sean mis últimas palabras!

En este teatro del mundo
de innumerables formas
he interpretado mi papel
y, al hacerlo, he podido entrever
a Aquel que es sin-forma .

Mi cuerpo y mis miembros todos
se han extasiado con el contacto
de Aquel que es impalpable.
Y si el fin me llega ahora, ¡sea bienvenido!
¡Que estas sean mis últimas palabras!

LA PALABRA DEL HOMBRE

“Mi oración, Dios mío, es esta:

Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero
mis alegrías y mis pesares.

Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre,
ni doblar la rodilla al poder del insolente.

Dame fuerza para levantar mi pensamiento
sobre la pequeñez cotidiana.

Dame fuerza, en fin, para rendir mi fuerza
enamorado, a tu voluntad.

(Rabindranath Tagore).